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Los motivos
que determinan de un modo inmediato los acontecimientos de
la revolución son las modificaciones que se operan
en la conciencia de las clases beligerantes. Las relaciones
materiales de la sociedad no hacen más que trazar el
cauce de esos procesos. Por su naturaleza, esas modificaciones
de la conciencia colectiva tienen un carácter semisubterráneo;
sólo cuando alcanzan un determinado grado de fuerza
de tensión se evidencia en la superficie el nuevo estado
de espíritu y las nuevas ideas, en forma de acciones
de masas, que establecen un nuevo equilibrio social, aunque
muy inconsistente. La marcha de la revolución pone
al descubierto, en cada nueva etapa, el problema del poder,
para disimularlo de nuevo inmediatamente después, hasta
ponerlo luego nuevamente al desnudo. Esta es asimismo la mecánica
de la contrarrevolución, con la diferencia de que,
en este caso, la película se desarrolla en sentido
contrario.
Cuanto acontece en los círculos gubernamentales y dirigentes
no es en modo alguno indiferente para la marcha de los acontecimientos.
Pero sólo es posible penetrar el auténtico sentido
de la política de los partidos y desentrañar
las maniobras de los jefes relacionando uno y otras con el
descubrimiento de los profundos procesos moleculares que se
operan en la conciencia de las masas. En julio, los obreros
y soldados fueron derrotados, pero en octubre se adueñaron
ya del poder por obra de un asalto irresistible. ¿Qué
había ocurrido en sus cerebros en el transcurso de
esos cuatro meses? ¿Qué efecto les habían
producido los golpes asestados desde arriba? ¿Con qué
ideas y sentimientos habían acogido la franca tentativa
de apoderarse del poder realizada por la burguesía?
El lector tendrá que volver atrás, a la derrota
de julio. Con frecuencia es preciso retroceder para poder
dar un buen salto. Y como perspectiva, tenemos el salto de
octubre.
En la historiografía soviética oficial ha quedado
establecida la opinión, convertida en una especie de
lugar común, de que el ataque realizado en julio contra
el partido -la represión combinada con la calumnia-
no tuvo apenas consecuencias para las organizaciones obreras.
Esto es completamente erróneo. Es verdad que la depresión
en las filas del partido y el abandono de las mismas por gran
parte de los obreros y soldados no pasó de algunas
semanas, y que la resurrección se produjo muy pronto
y de un modo tan impetuoso, que borró en gran parte
el recuerdo mismo de los días de opresión y
decaimiento. Pero a medida que se van publicando las actas
de las organizaciones locales del partido, se ve con mayor
claridad el descenso de la revolución en julio, descenso
que se echaba de ver en aquellos días de un modo tanto
más doloroso cuanto que la curva ascensional precedente
había tenido un carácter ininterrumpido.
Toda derrota que se desprende de una determinada correlación
de fuerzas modifica, a su vez, esa correlación de un
modo desventajoso para los vencidos, toda vez que el vencedor
adquiere una mayor confianza en sí mismo, al paso que
la del vencido decrece. La evaluación de la propia
fuerza constituye un elemento extraordinariamente importante
de la correlación de fuerza objetiva. Los obreros y
soldados de Petrogrado, que en su impulso hacia adelante chocaron,
por una parte, con la falta de claridad y el carácter
contradictorio de sus mismos objetivos, y, por otra, con el
atraso de las provincias del frente, sufrieron una derrota
directa. Por esto fue en la capital donde las consecuencias
de la derrota se pusieron de manifiesto en primer lugar y
de un modo más acentuado. Sin embargo, son completamente
erróneas las afirmaciones de la literatura oficial,
según las cuales la derrota de julio pasó casi
inadvertida para las provincias. Esto, poco verosímil
aun desde el punto de vista teórico, queda refutado
por el testimonio de los hechos y de los documentos. Cada
vez que se trataba de grandes cuestiones, todo el país
volvía involuntariamente la cabeza hacia Petrogrado.
Precisamente la derrota de los obreros y soldados de la capital
había de producir una impresión enorme en los
sectores más avanzados de provincias. El miedo, el
desengaño, la apatía, no se manifestaron por
igual en los distintos puntos del país, pero se observaron
por todas partes.
El descenso de la revolución se manifestó, ante
todo, en una relajación extraordinaria de la resistencia
de las masas frente al enemigo. Al mismo tiempo que las tropas
dirigidas contra Petrogrado realizaban expediciones punitivas
oficiales para desarmar a los soldados y a los obreros, bandas
semivoluntarias, protegidas por aquéllas, atacaban
impunemente a las organizaciones obreras. Al saqueo de la
redacción de la Pravda y de la imprenta de los bolcheviques
siguió la devastación del local del sindicato
metalúrgico. Después, los golpes fueron dirigidos
contra los soviets de barriada. Ni los conciliadores escaparon
al ataque: el 10 fue asaltada una de las instituciones del
partido, a cuyo frente se hallaba el ministro de la Gobernación,
Tsereteli. Dan tuvo que hacer gala de no poco espíritu
de sacrificio para escribir con motivo de la llegada de las
tropas: "En vez de asistir a la catástrofe de
la revolución, somos testigos de una nueva victoria
de la misma." La victoria había ido tan lejos,
que, según cuenta el menchevique Pruchiski, los transeúntes
corrían grave riesgo de ser cruelmente apaleados si
tenían el aspecto de obreros o eran sospechosos de
bolchevismo. ¡Qué síntoma inequívoco
de las profundas modificaciones sufridas por la situación!
El miembro del Comité petrogradés de los bolcheviques,
Latsis, que llegó a ser ulteriormente uno de los más
destacados elementos de la Cheka, consignaba en su dietario:
"9 de julio. En la ciudad han sido devastadas todas nuestras
imprentas. Nadie se atreve a imprimir nuestros periódicos
y hojas. Emprendemos la organización de una imprenta
clandestina. La barriada de Viborg se ha convertido en un
refugio para todos. Allí se han trasladado el Comité
de Petrogrado y los miembros perseguidos del Comité
central. En la garita del vigilante de la fábrica Renault
celebró sus reuniones el Comité con Lenin. Se
plantea la cuestión de la huelga general. En el Comité
no hay unanimidad en las opiniones. Yo sostengo el punto de
vista de la huelga. Lenin, teniendo en cuenta la situación,
propone renunciar a la huelga... 12 de julio. La contrarrevolución
triunfa. Los soviets no tienen ningún poder. Los junkers,
desenfrenados, atacan incluso a los mencheviques. Se nota
inseguridad en algunos sectores del partido. Ha cesado la
afluencia de miembros.... pero la gente no ha empezado aún
a abandonar nuestras filas."
Después de las jornadas de julio, dice el obrero Sisko:
"En las fábricas de Petrogrado, los socialrevolucionarios
adquirieron una influencia considerable. El aislamiento de
los bolcheviques aumentó inmediatamente la fuerza de
los conciliadores y alentó a éstos." El
16 de julio, el delegado de la isla de Vasiliev da cuenta,
en la Conferencia bolchevista local, de que en su barriada
el estado de espíritu es, "en general", animoso,
con excepción de algunas fábricas. "En
la fábrica del Báltico, los socialrevolucionarios
y los mencheviques nos aplastaban." En dicha fábrica,
las cosas fueron muy lejos: el Comité de fábrica
tomó el acuerdo de que los bolcheviques fueran al entierro
de los cosacos muertos, acuerdo que aquéllos cumplieron...
Verdad es que las bajas registradas en el partido fueron poco
importantes: de los 4.000 miembros que había en la
barriada, se dieron de baja menos de un centenar. Pero fue
mucho mayor el número de los que en los primeros días
se apartaron del movimiento. "Las jornadas de julio -recordaba
posteriormente el obrero Minischev- nos mostraron que hubo
asimismo en nuestras filas hombres que, temiendo por su piel,
rompieron los carnets y se desentendieron del partido. Pero
de éstos hubo muy pocos...", añade. "Los
acontecimientos de julio -escribe Schliapnikov- y la campaña
de violencias y calumnias relacionada con los mismos interrumpieron
los progresos de nuestra influencia, que a principios de julio
había adquirido una fuerza enorme... Nuestro partido
se hallaba en una situación semiclandestina, y sostenía
una lucha defensiva, apoyándose principalmente en los
sindicatos y en los comités de fábrica."
La acusación lanzada contra los bolcheviques, de que
estaban al servicio de Alemania, no podía dejar de
producir impresión incluso entre los obreros de Petrogrado,
por lo menos entre una considerable parte de los mismos. El
que vacilaba se apartaba; el que estaba dispuesto a adherirse
al partido, no se decidía a hacerlo. En la manifestación
de julio tomaron parte, al lado de los bolcheviques, un gran
número de obreros que estaban con los socialrevolucionarios
y los mencheviques. Después del revés sufrido,
volvieron nuevamente a colocarse bajo las banderas de sus
respectivos partidos: ahora les parecía que al infringir
la disciplina habían cometido efectivamente un error.
El gran número de obreros sin partido que seguían
al bolchevismo se apartó igualmente de éste
bajo la influencia de la calumnia lanzada oficialmente y formulada
jurídicamente.
En esta atmósfera política, los golpes de la
represión producían un efecto profundo. Olga
Ravich, una de las militantes más antiguas y activas
del partido, y que formaba parte del Comité de Petrogrado,
decía posteriormente, en una de sus conferencias: "Las
jornadas de julio tuvieron una repercusión tal en la
organización, que en el transcurso de las tres semanas
primeras no se podía ni pensar remotamente en acción
alguna." Ravich se refiere principalmente a la actuación
pública del partido. Durante mucho tiempo fue imposible
organizar la publicación del órgano del mismo:
no había ninguna imprenta que accediera a ponerse al
servicio de los bolcheviques. La resistencia no siempre partía,
en estos casos, de los propietarios: en una imprenta, los
obreros amenazaron con abandonar el trabajo si se imprimía
el periódico bolchevista, y el dueño de la imprenta
se vio obligado a romper el trato, ya convenido. Por espacio
de algún tiempo, el único periódico que
llegaba a Petrogrado era el de Cronstadt.
En aquellas semanas, la extrema izquierda, en la palestra
pública, estuvo ocupada por el grupo de los mencheviques
internacionalistas. Los obreros frecuentaban de buen grado
las conferencias de Mártov, en quien se había
despertado el instinto del combatiente en el período
de la retirada, cuando las circunstancias no permitían
abrir nuevos caminos a la revolución, sino luchar únicamente
por lo que quedaba de sus conquistas. El valor de Mártov
era el valor del pesimismo: "Por lo que se ve -decía
en una de las sesiones del Comité ejecutivo-, la revolución
está terminada... Si la voz de los campesinos y de
los obreros no puede ser oída en la Revolución
rusa, retirémonos de la escena honrosamente, aceptemos
el reto, no con una renuncia silenciosa, sino con un combate
honrado." Mártov proponía que se retiraran
de la escena luchando honrosamente a aquellos compañeros
de su partido que, como Dan y Tsereteli, consideraban como
una victoria de la revolución sobre la monarquía
el triunfo de los generales y cosacos sobre los obreros y
soldados. En las circunstancias creadas por la desenfrenada
campaña emprendida contra los bolcheviques y la bajuna
sumisión de los conciliadores ante las bandas cosacas,
la conducta de Mártov en esas graves semanas le elevaba
considerablemente en el concepto de los obreros.
La crisis de julio tuvo consecuencias particularmente desastrosas
para la guarnición de Petrogrado. Políticamente,
los soldados quedaban muy atrás respecto de los obreros.
La sección de los soldados del Soviet continuaba siendo
el punto de apoyo de los conciliadores cuando la sección
obrera seguía ya a los bolcheviques. Semejante hecho
distaba mucho de hallarse en contradicción con la circunstancia
de que los soldados se mostrasen particularmente dispuestos
a empuñar las armas. Estos últimos desempeñaron
en la manifestación un papel más agresivo que
los obreros, pero bajo el efecto de los golpes dieron un gran
salto atrás. En la guarnición de Petrogrado,
la hostilidad al bolchevismo elevóse a una altura considerable.
"Después de la derrota -cuenta el ex soldado Mitrevich-,
no me presento en mi compañía (donde pueden
matarme) hasta que pase la ráfaga." Precisamente
en los regimientos más revolucionarios, en los que
habían figurado en las primeras filas de las jornadas
de julio y que, por tanto, habían ,recibido los golpes
más furiosos, la influencia del partido había
decaído hasta tal punto, que aún tres meses
después resultó imposible restaurar la organización
en su filas. Diríase que la fuerza del choque recibido
había destrozado a esos ,regimientos. La Organización
militar se vio obligada a reducir enormemente su actividad.
"Después de la derrota de julio -escribe el ex
soldado Minichev-, el Comité de la Organización
militar no era mirado con muy buenos ojos, no sólo
por los elementos directivos de nuestro partido, sino incluso
por algunos comités de barriada."
En Cronstadt se dieron de baja 250 miembros del partido. El
estado de ánimo de la guarnición de la fortaleza
bolchevista decayó considerablemente. La reacción
llegó hasta Helsingfors. Avkséntiev, Bunakov
y el abogado Sokolov se presentaron en dicho punto con objeto
de obtener el arrepentimiento de los buques bolcheviques.
Algo consiguieron. Ayudados por la detención de los
directivos bolchevistas, por la utilización de la calumnia
oficial y las amenazas, obtuvieron una declaración
de lealtad, incluso de parte del acorazado bolchevista Petropavlovsk.
Pero la petición de que se entregara a los "instigadores"
fue rechazada por todos los buques.
No iban mucho mejor las cosas en Moscú. "La campaña
de la Prensa burguesa -recuerda Piatniski- sembró el
pánico incluso entre algunos de los miembros del Comité
de Moscú." Después de las jornadas de julio,
los efectivos de la organización menguaron. "No
olvidaré nunca -dice el obrero de Moscú, Ratejin-
un momento particularmente doloroso. Se reúne un pleno
del Soviet de la barriada de Zamoskvoresd... Veo que hay muy
pocos compañeros bolcheviques... Se me acerca Stieklov,
uno de los compañeros más enérgicos,
y sin poder apenas pronunciar las palabras, me pregunta: "¿Es
verdad que Lenin y Zinóviev llegaron en un vagón
precintado? ¿Es cierto que trabajan con dinero alemán?..."
Al oír estas preguntas, el corazón se me encogía
de dolor. Se acerca otro compañero, llamado Konstantinov.
"¿Dónde está Lenin? Dicen que se
ha fugado... ¿Qué pasará ahora?"
Y así sucesivamente." Esta escena viva nos da
una idea inequívoca del estado de ánimo que
reinaba por aquel entonces entre los obreros. "La aparición
de los documentos publicados por Alexinski -dice el artillero
de Moscú Davidovski- produjo una terrible confusión
en la brigada. Hasta nuestra batería, la más
bolchevista, vaciló bajo el peso de tan ignominiosa
calumnia... Parecía que íbamos a perder toda
confianza."
"Después de las jornadas de julio -dice V. Yakovleva,
que en aquel entonces pertenecía al Comité central
y dirigía el trabajo en la vasta región de Moscú-,
todos los informes que recibíamos de las distintas
poblaciones acusaban no sólo un franco decaimiento
entre las masas, sino incluso una manifiesta hostilidad contra
nuestro partido. Fueron muy numerosos los casos de agresión
a nuestros oradores. Los efectivos del partido bajaron considerablemente,
y algunas de las organizaciones incluso dejaron de existir,
sobre todo en las provincias del sur." A mediados de
agosto aún no se nota ninguna variación sensible.
Siguen realizándose esfuerzos para conservar la influencia
entre las masas; no se observa progreso alguno en la organización.
En las provincias de Riazán y de Tambov no se establecen
nuevas relaciones entre las organizaciones, no surgen células
bolchevistas; en esas provincias predominan los socialrevolucionarios
y mencheviques.
Evreinov, que actuaba en Kinechma, centro proletario, recuerda
la difícil situación que se creó, después
de los acontecimientos de julio, al proponerse en una amplia
asamblea de todas las organizaciones la expulsión de
los bolcheviques del Soviet. Las bajas en el partido tomaban
a veces proporciones tan considerables, que sólo después
de un nuevo registro de los miembros del mismo empezaba a
vivir de una manera regular la organización. En Tula,
gracias a la seria selección de los obreros, efectuada
previamente, no sufrió bajas la organización,
pero su contacto con las masas se debilitó. En Nijni-Novgorod,
después de las represiones emprendidas bajo la dirección
del coronel Verjovski y del menchevique Jinchuk, se produjo
un gran decaimiento: en las elecciones a la Duma municipal,
el partido obtuvo sólo cuatro puestos. En Kaluga, la
fracción bolchevista consideraba posible su eliminación
del Soviet. En algunos puntos de la región de Moscú,
los bolcheviques se vieron obligados a salir no sólo
de los soviets, sino de los mismos sindicatos.
En Saratov, donde los bolcheviques mantenían excelentes
relaciones con los conciliadores y aún a finales de
julio se disponían a ir a las elecciones a la Duma
municipal con una candidatura común, los soldados,
después de la tormenta de julio, sufrieron hasta tal
punto la influencia de la campaña emprendida contra
los bolcheviques, que irrumpieron en las asambleas electorales,
arrebataron de las manos de los electores las candidaturas
bolchevistas y apalearon a los agitadores. "Nos resultaba
difícil -dice Lebedev- hablar en las asambleas electorales.
A menudo nos gritaban: "¡Espías alemanes!
¡Provocadores!" En las filas de los bolcheviques
de Saratov hubo no pocos pusilánimes: "Muchos
se marcharon, otros se escondieron."
En Kiev, que desde hacía mucho tiempo tenía
fama de ser un centro de los "cien negros", la campaña
contra los bolcheviques tomó un carácter particularmente
desenfrenado, y no tardó en hacerse extensiva a los
mencheviques y socialrevolucionarios. En dicha ciudad, el
descenso del movimiento revolucionario se dejó sentir
de un modo particularmente sensible: en las elecciones a la
Duma local, los bolcheviques no obtuvieron más que
el 6 por 100 de los votos. En la conferencia local, los oradores
se lamentaban de que "por todas partes se nota la apatía
y la inactividad". El órgano diario del partido
viose obligado a convertirse en semanario.
El licenciamiento y el traslado de los regimientos más
revolucionarios, ya no sólo habían de determinar
por sí mismos el descenso del nivel político
de la guarnición, sino de ejercer también una
influencia deprimente entre los obreros, que se sentían
más firmes cuando tenían a sus espaldas regimientos
amigos. Así, por ejemplo, el traslado de Tver del 57
Regimiento modificó bruscamente la situación
política, tanto entre los soldados como entre los obreros:
incluso en los sindicatos, la influencia de los bolcheviques
decreció enormemente. Esto se manifestó aún
en mayor grado en Tiflis, donde los mencheviques, en íntimo
acuerdo con el Estado Mayor, relevaron los regimientos bolchevistas
por otros completamente grises.
En algunos puntos, según la composición de la
guarnición, el nivel de los obreros y ciertos motivos
accidentales, la reacción política se expresó
de un modo paradójico. En Yaroslav, por ejemplo, los
bolcheviques se vieron en julio eliminados casi por completo
del Soviet obrero, pero conservaron una influencia predominante
en el de soldados. En algunos sitios, los acontecimientos
de julio pasaron realmente sin dejar huella, sin contener
el crecimiento del partido. A juzgar por los datos que se
poseen, esto ocurría en aquellos casos en que la retirada
general coincidía con la entrada de nuevos sectores
-que habían quedado rezagados- en la palestra revolucionaria.
Así, en julio, en algunas regiones textiles, se observó
una considerable afluencia de obreros a la organización.
Pero esto en nada altera la apariencia de retirada general
que ofrecía el movimiento.
La intensidad indudable, incluso exagerada, de la reacción
de los obreros y de los soldados ante la derrota parcial,
era una especie de expiación de la facilidad, de la
excesiva ligereza con que se habían puesto al lado
de los bolcheviques en los meses precedentes. La brusca modificación
sufrida por el estado de ánimo de la masa produjo una
selección automática y certera en los cuadros
del partido. Podía confiarse plenamente en todos aquellos
que en esos días no habían vacilado. Fueron
ellos los que constituyeron los núcleos fundamentales
en los talleres, en las fábricas, en las barriadas.
En vísperas de octubre, los organizadores, al proceder
a los nombramientos y confiar determinadas misiones, procuraban
recordar cuál había sido la actitud de la gente
en las jornadas de julio.
En el frente, la reacción de julio tomó un carácter
particularmente duro: El Cuartel general aprovechó
los acontecimientos para crear, ante todo, regimientos especiales,
llamados del "Deber ante la patria libre". Al mismo
tiempo, se organizaron destacamentos de choque cerca de los
regimientos. "Vi muchas veces a los soldados de esos
destacamentos de choque -cuenta Denikin- y siempre parecían
concentrados y sombríos. En los regimientos se les
trataba con reserva y aun con rencor." Los soldados veían
en esos regimientos, no sin motivo, las células de
la guardia pretoriana. "La reacción no perdía
el tiempo (dice, refiriéndose al frente rumano -uno
de los más atrasados- el socialrevolucionario Degtiariev,
que más tarde se adhirió al partido bolchevique).
Muchos soldados fueron detenidos como desertores. Los oficiales
levantaron la cabeza y empezaron a tratar con desprecio a
los Comités de regimiento; en algunos sitios, la oficialidad
intentó restablecer el saludo militar." Los comisarios
depuraban el ejército. "En casi todas las divisiones
-dice Stankievich- había un bolchevique cuyo nombre
era más conocido en el ejército que el del jefe
de la división. Poco a poco fuimos eliminando una notabilidad
tras otra." Simultáneamente, se procedió
en todo el frente al desarme de los regimientos insumisos.
Para ello, los jefes y los comisarios se apoyaban en los cosacos
y en los destacamentos especiales, tan aborrecidos de los
soldados.
El día de la caída de Riga, la Conferencia de
los comisarios del frente septentrional y de los representantes
de las organizaciones del ejército reconoció
la necesidad de ejercer represiones severas de un modo más
sistemático. Hubo a quien se fusiló por haber
fraternizado con los alemanes. Muchos comisarios, buscando
en las confusas imágenes que se formaban de la Revolución
francesa los alientos que les faltaban, intentaban hacer alarde
de proceder con mano férrea. No comprendían
que los comisarios jacobinos se apoyaban en la gente de abajo,
trataban sin cuartel a los aristócratas y burgueses,
y que sólo el prestigio de la implacabilidad plebeya
les armaba para instaurar una disciplina severa en el ejército.
Los comisarios de Kerenski no tenían ningún
punto de apoyo abajo, en el pueblo, ninguna aureola moral
sobre su cabeza. A los ojos de los soldados no eran más
que unos agentes de la burguesía y de los aliados.
Podían temporalmente intimidar al ejército -e
incluso lo conseguían, hasta cierto punto-, pero eran
impotentes para resucitarlo.
A principios de agosto, la oficina del Comité ejecutivo,
en Petrogrado, informaba de que se había producido
un cambio favorable en el estado de ánimo del ejército,
habiéndose reanudado los ejercicios en el frente, si
bien, por otra parte, se observaba un incremento de los atropellos,
de la arbitrariedad, de la opresión. "La cuestión
de la oficialidad ha adquirido un carácter particularmente
agudo. Los oficiales permanecen completamente aislados y crean
sus organizaciones cerradas." Otros datos atestiguan
asimismo que, exteriormente, había en el frente más
orden, y que los soldados habían dejado de protestar
por motivos poco importantes y accidentales. Pero precisamente
por ello se concentraba más su descontento de la situación
en general. En el discurso prudente y diplomático pronunciado
por el menchevique Kuchin en la Conferencia nacional, bajo
las notas tranquilizadoras, asomaba una advertencia inspirada
por la zozobra. "Hay un cambio evidente, hay una tranquilidad
indudable, pero, ciudadanos, hay también algo más,
hay un sentimiento de desencanto, y este sentimiento nos causa
asimismo un temor extraordinario..." La victoria temporal
sobre los bolcheviques era, ante todo, la victoria sobre las
nuevas esperanzas de los soldados, sobre su confianza en un
porvenir mejor. Las masas se han vuelto más prudentes,
la disciplina se había robustecido, al parecer. Pero
el abismo que mediaba entre los dirigentes y los soldados
se había hecho más hondo aún. ¿A
quién y qué se tragaría mañana
este abismo?
La reacción de julio diríase que venía
a establecer una línea divisoria definitiva entre la
revolución de Febrero y la de Octubre. Los obreros,
las guarniciones del interior, el frente y, en parte, más
adelante, como se verá, los mismos campesinos, retrocedieron,
dieron un salto como si hubieran recibido un golpe en el pecho.
En realidad, el golpe tenía un carácter más
bien psicológico que físico, pero no por ello
era menos efectivo. Durante los cuatro primeros meses, las
masas evolucionaban en una sola dirección: hacia la
izquierda. El bolchevismo crecía, se fortalecía,
se volvía más audaz. Pero el movimiento, al
llegar al umbral, tropezó. Y se vio con toda evidencia
que no cabía ir más lejos por la senda de la
revolución de Febrero. A muchos les parecía
que la revolución había dado ya cuanto podía
dar de sí. Esto era verdad por lo que a la revolución
de Febrero se refería. Esta crisis interna de la conciencia
colectiva, combinada con la represión y la calumnia,
produjo la confusión y la retirada, que, en algunos
casos, tuvo caracteres de pánico. Los adversarios cobraron
ánimos. En la masa misma afloró a la superficie
todo lo que en ella había de atrasado, de estático,
de descontento por las sacudidas y las privaciones. En el
torrente de la revolución, ese reflujo manifiesta una
fuerza irresistible: dijérase que está sometido
a las leyes de una hidrodinámica social. Detenerlo
oponiéndole el pecho es imposible; lo único
que se puede hacer es no dejarse arrastrar por él,
sostenerse en tanto no desaparece la ola de la reacción
y preparar, al mismo tiempo, puntos de apoyo para la nueva
ofensiva. Al ver cómo algunos de los regimientos que
el 3 de julio habían salido a la calle bajo las banderas
bolchevistas exigían, una semana después, que
se adoptaran severas medidas contra los agentes del káiser,
los escépticos ilustrados podían, según
todas las apariencias, cantar victoria: ¡Esas son vuestras
masas, ésa su consistencia y su capacidad de comprensión!
Pero semejante escepticismo no pasa de ser un escepticismo
de baratillo. Si los sentimientos y las ideas de las masas
se modificaran realmente bajo la influencia de circunstancias
accidentales, no podría explicarse la poderosa lógica
que preside el desarrollo de las grandes revoluciones. Cuantos
más son los millones de hombres arrastrados por el
movimiento, más sistemático es el desarrollo
de la revolución y con mayor seguridad puede predecirse
la sucesión lógica de las etapas ulteriores.
Lo único que importa tener presente, además,
es que el desarrollo político de las masas no sigue
una trayectoria recta, sino que se efectúa en zigzag;
pero tampoco hay que olvidar que, en el fondo, ésa
es la órbita de todo proceso material. Las condiciones
objetivas impulsaban poderosamente a los obreros, soldados
y campesinos a agruparse bajo la bandera de los bolcheviques.
Pero las masas se lanzaban por ese camino en lucha con su
propio pasado, con sus creencias de ayer y, en parte, con
las de hoy. Al llegar a un recodo difícil, en el momento
del fracaso y del desengaño, los antiguos prejuicios,
aún no superados por entero, salen a la superficie,
y los adversarios se aferran, naturalmente, a ellos como a
un ancla de salvación. Todo lo que había en
los bolcheviques de oscuro, de inusitado, de enigmático
-la novedad de las ideas, la audacia temeraria, la falta de
respeto ante todos los prestigios viejos o nuevos-, hallaba
ahora una explicación simple y convincente por lo que
en sí misma tenía de absurda: ¡Son unos
espías alemanes! La acusación lanzada contra
los bolcheviques inspirábase, en el fondo, en el pasado
de esclavitud del pueblo, en la herencia de ignorancia, de
barbarie, de superstición, y este cálculo no
dejaba de tener fundamento. Durante los meses de julio y agosto,
la gran calumnia patriótica fue un factor político
de primordial importancia, el acompañamiento obligado
de todas las cuestiones candentes. La prensa liberal difundía
la calumnia por todo el país, haciéndola penetrar
hasta los puntos más recónditos del mismo. A
finales de julio, la organización bolchevista de Ivanov-Vosnesensk
exigía aún que se emprendiera una campaña
más enérgica contra la calumnia. La cuestión
del peso específico de la calumnia en la lucha política
de la sociedad ilustrada aguarda todavía el sociólogo
que la estudie.
A pesar de todo, la relación entre los obreros y soldados,
nerviosa, impetuosa, no tenía nada de profunda ni de
consistente. Las fábricas avanzadas de Petrogrado empezaron
ya a recobrarse pocos días después de la derrota,
protestando contra las detenciones y la calumnia, llamando
a las puertas del Comité ejecutivo reanudado sus relaciones.
En la fábrica de armas de Sestroretsk, que había
sido asaltada y desarmada, los obreros no tardaron en empujar
nuevamente el timón: el 20 de julio, la asamblea general
tomó el acuerdo de que se pagaran a los obreros los
jornales devengados por los días de la manifestación,
con objeto de destinar íntegramente el montante de
esos jornales a las publicaciones para el frente. Entre el
20 y el 30 de julio, según atestigua Olga Ravich, los
bolcheviques reanudan en Petrogrado su labor pública
de agitación. En los mítines, a los que asisten,
a lo sumo, de doscientas a trescientas personas, hablan, en
los distintos puntos de la ciudad, tres compañeros:
Slutski, asesinado más tarde por los blancos en Crimea;
Volodarski, asesinado por los socialrevolucionarios en Petrogrado,
y Evdokimov, obrero metalúrgico de Petrogrado y uno
de los oradores más destacados de la revolución.
En agosto, la agitación del partido adquiere proporciones
más vastas. Según las Memorias de Raskolnikov,
Trotsky, detenido el 23 de julio, describió, en la
cárcel, la situación de la ciudad en los términos
siguientes: "Los mencheviques y socialrevolucionarios...
prosiguen su furiosa campaña contra los bolcheviques.
Continúan las detenciones de camaradas nuestros, pero
en los círculos del partido no se nota depresión
alguna. Por el contrario, todo el mundo contempla esperanzado
el porvenir, por considerar que la represión no hace
más que reforzar la popularidad del partido... En los
barrios obreros tampoco han decaído los ánimos."
En efecto, muy pronto una asamblea de los obreros de 27 fábricas
y talleres del distrito de Peterhof adoptó una resolución
de protesta contra el gobierno irresponsable y su política
contrarrevolucionaria. Los barrios obreros iban reanimándose.
Al mismo tiempo que en las alturas, en los palacios de Invierno
y de Táurida se formaba una nueva coalición,
mientras los dirigentes se ponían de acuerdo, se separaban
y volvían luego a unirse en esos mismos días,
e incluso con coincidencia de horas, el 21 y el 22 de julio
tenía lugar, en Petrogrado, un acontecimiento de gran
importancia y del que no es fácil se percatara el mundo
oficial, pero que señalaba el reforzamiento de una
coalición más sólida: la de los obreros
de Petrogrado y los soldados del ejército de operaciones.
Empezaron a llegar a la capital delegados de este último,
con el fin de protestar en hombre de sus regimientos contra
la estrangulación de la revolución en el frente.
Durante algunos días llamaron en vano a las puertas
del Comité ejecutivo, donde no los recibían,
contentándose con sacudírselos de encima. Entre
tanto, iban llegando nuevos delegados, que seguían
el mismo camino. Los rechazados se encontraban en los pasillos
y salas de espera, se lamentaban, protestaban, buscaban en
común una salida. Los bolcheviques les ayudaron en
este sentido. Los delegados decidieron cambiar impresiones
con los obreros, los soldados y los marinos de la capital,
que les recibieron con los brazos abiertos, les dieron asilo
y comida. En una asamblea, que nadie convocó desde
arriba, sino que surgió por iniciativa de los de abajo,
participaron los representantes de veintinueve regimientos
del frente, de noventa fábricas de Petrogrado, de los
marinos de Cronstadt y de las guarniciones de los alrededores.
El núcleo central de la asamblea lo constituían
los hombres de las trincheras; entre ellos había también
algunos oficiales subalternos. Los obreros de Petrogrado escuchaban
a los soldados del frente con avidez, procurando no perder
ni una palabra. Los soldados explicaban cómo la ofensiva
y sus consecuencias habían devorado a la revolución.
Soldados completamente grises, que no tenían nada de
agitadores, describían en informes sencillos la vida
cotidiana del frente. Estos detalles producían una
gran impresión, pues mostraban de un modo elocuente
cómo salía nuevamente a la superficie todo lo
viejo, lo prerrevolucionario y lo odiado. El contraste entre
las esperanzas de ayer y la realidad de hoy conmovía
todos los corazones, los ponía al unísono. A
pesar de que entre los soldados del frente predominaban, al
parecer, los socialrevolucionarios, la resolución radical
presentada por los bolcheviques fue adoptada casi por unanimidad:
sólo hubo cuatro abstenciones. La resolución
no fue letra muerta: los delegados, al volver al frente, dieron
cuenta fielmente de la forma en que se los habían echado
de encima los jefes conciliadores y de la acogida que les
habían tributado los obreros. Las trincheras daban
crédito a los suyos; éstos sí que no
engañaban.
En la misma guarnición de Petrogrado empezó
a manifestarse el cambio a finales de mes, sobre todo después
de los mítines celebrados con la participación
de representantes del frente. Verdad es que los regimientos
que más habían sufrido no conseguían
aún salir de su apatía. Pero, en cambio, en
aquellos que habían venido adoptando por más
tiempo la actitud patriótica, conservando la disciplina
a través de los primeros meses de la revolución,
la influencia del partido crecía de un modo visible.
Asimismo empezó a rehacerse la Organización
militar, que había sufrido de un modo particularmente
cruel las consecuencias de la derrota. Como ocurre siempre
después de los reveses, en los círculos del
partido se miraba con malos ojos a los dirigentes de la labor
en el Ejército, sobre los que se hacían recaer
los errores reales y supuestos. El Comité central estableció
un contacto más estrecho con la Organización
militar, instauró un control más directo sobre
la misma, por mediación de Sverdlov y Dzerchinski,
y la labor empezó de nuevo a desenvolverse más
lentamente que antes, pero de un modo más seguro.
A finales de junio, los bolcheviques habían recobrado
ya sus posiciones en las fábricas de Petrogrado: los
obreros se agrupaban bajo la misma bandera, pero eran ya otros
obreros, más maduros, esto es, más prudentes,
pero al mismo tiempo más decididos. "Gozamos de
una influencia ilimitada, colosal, en las fábricas
-declaraba Volodarski, el 27 de julio, en el Congreso de los
bolcheviques-. La labor del partido se lleva a cabo, principalmente,
por medio de los mismos obreros... La organización
ha surgido desde abajo y por ello tenemos motivos fundados
para suponer que no se desmoronará." La Juventud
contaba en aquella época con unos cincuenta mil miembros,
y la influencia de los bolcheviques sobre ella iba siendo
cada vez mayor. El 7 de agosto, la sección obrera del
Soviet toma un acuerdo en favor de la abolición de
la pena de muerte. En señal de protesta contra la Conferencia
nacional, los obreros de Putilov ceden un día de jornal
para la prensa obrera. En la Conferencia de los Comités
de fábrica se adopta por unanimidad una resolución,
en la cual se declara que la Conferencia de Moscú es
"una tentativa de organización de las fuerzas
contrarrevolucionarias"...
También Cronstadt había restañado sus
heridas. El 20 de julio, en un mitin celebrado en la plaza
del Ancora, se exige la transmisión del poder de los
soviets, el envío de los cosacos, así como de
los gendarmes y de los policías, al frente; la abolición
de la pena de muerte, la entrada de delegados de Cronstadt
en Tsarkoie-Selo a fin de comprobar si se ejerce una vigilancia
suficientemente severa con Nicolás II; la disolución
de los "batallones de la muerte", la confiscación
de la prensa burguesa, etcétera. Al mismo tiempo, el
nuevo almirante, Tirkov, que había tomado posesión
del mando de la fortaleza, daba orden de arriar las banderas
rojas de los buques de guerra y de izar la de San Andrés.
Los oficiales y parte de los soldados se pusieron las charreteras.
La gente de Cronstadt protestó. La comisión
gubernamental encargada de investigar los acontecimientos
de los días 3-5 de julio se vio obligada a salir de
Cronstadt y regresar a Petrogrado sin resultado alguno, pues
fue acogida con silbidos, protestas e incluso amenazas.
El estado de ánimo de la escuadra se modificaba rápidamente.
"A finales de julio y principios de agosto -dice Zalejski,
uno de los dirigentes finlandeses- se tenía la sensación
irrecusable de que no sólo no había conseguido
la reacción exterior quebrantar las fuerzas revolucionarías
de Helsingfors, sino que, por el contrario, lo que se advertía
era un rápido impulso hacia la izquierda y un amplio
progreso de la simpatía a los bolcheviques." Los
marinos habían sido en gran parte los inspiradores
de la acción de julio, sin contar con el partido y
en parte contra el mismo, por recelar en él la existencia
de un espíritu de moderación y casi de conciliación.
La experiencia de la acción armada les había
hecho percatarse de que la cuestión del poder no se
resolvía tan sencillamente como se imaginaban. El estado
de ánimo semianarquista que había venido reinando
hasta entonces cedió su puesto a la confianza en el
partido. A este respecto ofrece excepcional interés
el informe extendido por un delegado de Helsingfors a finales
de julio: "En los buques pequeños predomina la
influencia de los socialrevolucionarios; en los grandes -cruceros,
acorazados- todos los marinos son bolcheviques o simpatizantes.
Ya antes de ahora predominaba ese mismo espíritu entre
los marinos del Petropavlovsk y del República, y después
de los días 3 y 5 de julio se pusieron a nuestro lado
el Gangut, el Sebastopol, el Rurik, el Andrei Piervozvani,
el Diana, el Gromovoi y el India. Tenemos, por tanto, en nuestras
manos una fuerza combativo enorme... Los acontecimientos de
julio han enseñado mucho a los marinos, mostrándoles
que no basta la existencia de un estado de ánimo favorable
para conseguir el fin."
Moscú, si bien se halla a la zaga respecto de Petrogrado,
sigue el mismo camino. "Poco a poco van disipándose
los vapores -cuenta el artillero Davidovski-, la masa de los
soldados empieza a volver en sí y pasamos nuevamente
a la ofensiva en todo el frente. La calumnia, que contuvo
de momento la evolución de las masas hacia la izquierda,
no ha hecho más, posteriormente, que acentuar la afluencia
de esas mismas masas hacia nosotros." Los golpes de la
reacción habían consolidado más firmemente
la amistad entre las fábricas y los cuarteles. Un obrero
de Moscú, Strelkov, habla de las estrechas relaciones
que habían ido estableciéndose entre los obreros
de la fábrica Michelsohn y los soldados del regimiento
vecino. Los comités de soldados y los de obreros examinaban
a menudo en sesiones comunes los problemas prácticos
de la vida de la fábrica y del regimiento. Los obreros
organizaban veladas culturales para los soldados, adquirían
para ellos periódicos bolchevistas y les ayudaban por
todos los medios. "Si se mandaba hacer una guardia irregular
a un soldado -cuenta Strelkov-, venían inmediatamente
a lamentarse... Durante los mítines callejeros, si
en algún sitio era objeto de una ofensa cualquiera
un obrero de la fábrica de Michelsohn, bastaba con
que lo supiera aunque no fuese más que un soldado,
para que los demás acudieran en seguida en tropel en
auxilio suyo. Y esas ofensas eran entonces muy corrientes,
pues a nuestra gente se le echaba en cara el oro alemán,
la traición y todas las bajas calumnias esgrimidas
por los conciliadores."
La Conferencia de comités de fábrica, celebrada
en Moscú a finales de julio, empezó en tonos
moderados; pero al cabo de una semana recibió un fuerte
impulso hacia la izquierda y, al final, adoptó una
resolución de acentuado matiz bolchevista. En aquellos
mismos días, el delegado de Moscú, Podbelski,
decía en el Congreso del partido: "De los diez
soviets de barriada, seis se hallaban en nuestras manos; en
la campaña furiosa que se lleva a cabo actualmente
contra nosotros, lo único que nos salva es la masa
obrera, que sostiene firmemente al bolchevismo." A principios
de agosto, en las elecciones celebradas en las fábricas
de Moscú, triunfan ya los bolcheviques en lugar de
los mencheviques y socialrevolucionarios. El incremento de
la influencia del partido bolchevista se pone impetuosamente
de manifiesto en la huelga general, que estalló en
vísperas de la conferencia. Las Izvestia de Moscú
decían: "Es hora ya de darse cuenta, al fin, de
que los bolcheviques no constituyen un grupo irresponsable,
sino uno de los destacamentos de la democracia revolucionaria
organizada, tras el cual hay grandes masas, quizá no
siempre disciplinadas, pero sí abnegadamente adictas
a la revolución."
El debilitamiento sufrido en julio por las posiciones del
proletariado animó a los industriales. Un congreso
en el que estaban representadas las treinta organizaciones
patronales más importantes -entre ellas las bancarias-
creó un Comité de defensa de la Industria, que
asumió la dirección de los lockouts y, en general,
la política de ofensiva contra la revolución.
Los obreros contestaron echándose a la calle. En todo
el país estallaron huelgas importantes y otros conflictos.
Si los destacamentos más experimentados del proletariado
obraban con prudencia, con tanta mayor decisión entraban
en la lucha los nuevos sectores. Los metalúrgicos esperaban
y se preparaban, pero entraban en el campo de batalla los
obreros textiles, los de la industria de la goma, los de la
piel, los del papel. Levantábanse los elementos trabajadores
más atrasados y sumisos. Kiev se vio agitada por una
borrascosa huelga de porteros: los huelguistas recorrían
las casas, apagaban la luz, arrancaban las llaves de los ascensores,
abrían las puertas de la calle, etc. Cada conflicto,
cualquiera que fuese el motivo que lo originara, tendía
a extenderse a toda una rama de la industria y a adquirir
un carácter de defensa de principios. En agosto, los
trabajadores del ramo de la piel de Moscú, ayudados
por los obreros de todo el país, iniciaron una lucha
prolongada y tenaz en defensa del exclusivo derecho de los
comités de fábrica a encargarse de la admisión
y despido de los obreros. En muchos casos, sobre todo en provincias,
las huelgas tomaban un carácter dramático, llegándose
incluso a la detención de los patronos y de los administradores
por los huelguistas. El gobierno recomendaba espíritu
de sacrificio a los obreros, se coligaba con los industriales,
mandaba a los cosacos a la cuenca del Donetz y doblaba el
precio del pan y los pedidos militares. Esta política,
que, provocaba la indignación de los obreros, no convenía
tampoco a los patronos. "Skóbelev empezaba a ver
claro en la situación -dice Anerbach, uno de los capitanes
de la industria pesada-; pero no se podía decir lo
mismo de los comisarios del Trabajo en provincias... En el
propio Ministerio... no se tenía confianza en los agentes
provinciales... Se llamaba a Petrogrado a los representantes
de los obreros, y en el palacio de Mármol se hacían
esfuerzos para persuadirles, se les insultaba, se les reconciliaba
con los industriales, con los ingenieros. Pero todo esto no
daba ningún resultado. Las masas obreras se hallaban,
cada vez en mayor medida, bajo la influencia de caudillos
más decididos e impúdicos en su demagogia."
El derrotismo económico constituía el principal
instrumento de los patronos contra la dualidad del poder en
las fábricas. En la Conferencia de los comités
de fábrica, celebrada en la primera quincena de agosto,
se puso al descubierto con todo detalle la política
de sabotaje de los industriales, que perseguía como
fin el desconcierto y la paralización de la producción.
A más de las maquinaciones financieras, practicábase
en gran escala la ocultación de materiales, la clausura
de los talleres de reparación, etcétera. Del
sabotaje de los patronos da clara idea John Reed, que, como
corresponsal norteamericano, tenía acceso a los círculos
más diversos, contaba con datos fidedignos de los agentes
diplomáticos aliados y oyó las confesiones sin
ambages de los políticos burgueses rusos. "El
secretario de la sección de Petrogrado del partido
kadete -escribe Reed- me decía que la ruina económica
formaba parte de la campaña realizada para desacreditar
a la revolución. Un diplomático aliado, cuyo
nombre prometí no revelar, me confirmó esto
mismo, basándose en sus informes particulares. Me consta
que cerca de Jarkov hubo propietarios que incendiaron o inundaron
sus minas de carbón; que los ingenieros, en ciertas
fábricas textiles de Moscú, abandonaban el trabajo
inutilizando previamente las máquinas; que determinados
empleados ferroviarios fueron sorprendidos por los obreros
cuando estaban estropeando las locomotoras." Tal era
la dura realidad económica, que no correspondía
a las ilusiones conciliadoras ni a la política de coalición,
sino a la preparación del golpe de mano de Kornílov.
En el frente, la unión sagrada hallaba tan poco arraigo
corno en el interior La detención de algunos bolcheviques
-se lamenta Stankievich- no resolvía la cuestión.
"La criminalidad se respiraba en el aire, y si no se
distinguían sus contornos, era porque toda la masa
estaba contagiada de ella." Si los soldados se manifestaban
más reservados era porque habían aprendido a
disciplinar hasta cierto punto su odio. Pero cuando éste
se exteriorizaba, poníanse de manifiesto con más
elocuencia, sus verdaderos sentimientos. Una de las compañías
del regimiento de Dubenski, cuyo licenciamiento se había
ordenado por haberse negado a aceptar a su nuevo jefe, soliviantó
a algunas más, luego a todo el regimiento, y cuando
el jefe de este último intentó restablecer el
orden por la fuerza de las armas, fue muerto a bayonetazos.
Ocurrió esto el 31 de julio. En otros regimientos,
las cosas no llegaron hasta este extremo; pero, si se consideraba
el espíritu en ellos imperante, nada tenía de
extraño que surgiesen nuevos casos análogos
en el momento menos pensado.
A mediados de agosto, el general Cherbachov comunicaba al
Cuartel general: "El espíritu de la Infantería,
con excepción de los batallones de la muerte, es muy
poco firme." Muchos comisarios empezaban a darse cuenta
de que los procedimientos seguidos en julio no resolvían
nada. "La aplicación de los Consejos de guerra
sumarísimos en el frente occidental -decía el
22 de agosto el comisario Jamandt- provoca un terrible divorcio
entre el mando y la población, con lo cual se desacredita
la idea misma de esos Consejos de guerra..." El programa
de salvación trazado por Kornílov había
sido ya sometido a una prueba suficiente antes de la sublevación
del Cuartel general, conduciendo, en fin de cuentas, al mismo
callejón sin salida.
Lo que más temían las clases potentados eran
los síntomas de descomposición que se notaban
entre los cosacos y que amenazaban con destruir el último
reducto. En febrero, los regimientos de cosacos de Petrogrado
habían entregado la monarquía sin oponer resistencia.
Verdad es que, en Novocherkask, las autoridades cosacas habían
intentado ocultar el telegrama que daba cuenta de la revolución,
y que el primero de marzo habían celebrado con la solemnidad
acostumbrada funerales por Alejandro II. Pero, al fin y al
cabo, los cosacos estaban dispuestos a pasarse sin el zar,
e incluso habían descubierto unas endebles tradiciones
republicanas en su pasado. Pero no querían pasar de
ahí. Desde el principio mismo se habían negado
a mandar sus delegados al Soviet de Petrogrado, por que no
se les equiparase a los obreros y soldados, procediendo a
la creación de un Soviet de combatientes cosacos que
agrupaba en torno suyo todas las organizaciones cosacas, en
número de doce, personificadas por sus dirigentes del
interior. La burguesía procuraba, y no sin éxito,
apoyarse en los cosacos contra los obreros y campesinos.
El papel político de los cosacos se hallaba determinado
por la particular situación que ocupaban en el país.
Desde tiempos inmemoriales representaban una casta privilegiada.
El cosaco no pagaba impuestos y tenía a su disposición
una parcela de tierra mucho mayor que la del campesino. En
las tres regiones contiguas del Don, del Kuban y del Ter,
una población cosaca de 3.000.000 tenía en sus
manos 23.000.000 de deciatinas de tierras, mientras que 4.300.000
campesinos de esas mismas regiones disponían solamente
de seis millones de deciatinas, es decir, que a los cosacos
les correspondía cinco veces más de terreno,
por cabeza, que a los campesinos. Naturalmente, entre los
propios cosacos la tierra estaba dividida de un modo muy desigual.
Había entre ellos grandes terratenientes y kulaks más
poderosos que los del norte; había también cosacos
pobres. Cada cosaco tenía el deber de presentarse con
su caballo y su equipo al primer llamamiento del Estado. Los
cosacos ricos cubrían con creces los gastos que esto
ocasionaba, merced a la exención de los impuestos de
que gozaban. La gente de poco se encorvaba bajo el peso de
la movilización cosaca. Estos datos fundamentales explican
suficientemente la situación contradictoria de los
cosacos. Sus sectores inferiores se sentían afines
a los campesinos; los superiores, a los grandes terratenientes.
Al mismo tiempo, unía a los de arriba con los de abajo
la conciencia de formar un mundo aparte y elegido, y estaban
acostumbrados a mirar por encima del hombro tanto al obrero
como al campesino. Es esto lo que hacía tan apto al
cosaco medio para desempeñar el papel de pacificador.
En los años de la guerra, cuando las generaciones jóvenes
se hallaban en el frente, la autoridad en las aldeas cosacas
del interior era ejercida por los viejos depositarios de las
tradiciones conservadoras, estrechamente ligados con su oficialidad.
Bajo la apariencia de una resurrección de la democracia
cosaca, los cosacos terratenientes reunieron en el transcurso
de los primeros meses de la revolución a los llamados
"círculos de combatientes", los cuales elegían
a los atamanes -a modo de presidentes-, poniendo cerca de
ellos "un gobierno militar". Los comisarios, oficiales
y los soviets formados por la población no cosaca no
tenían ninguna influencia en las regiones cosacas,
pues los cosacos eran más fuertes, más ricos
y estaban mejor armados. Los socialrevolucionarios intentaron
crear soviets comunes de diputados campesinos y cosacos, pero
éstos no acogieron la idea con simpatía, pues
temían, no sin fundamento, que la revolución
agraria habría de despojarles de parte de sus tierras.
No en vano el ministro de Agricultura, Chernov, había
dejado caer la frase: "Los cosacos no tendrán
otro remedio que encogerse un poco en su tierra." Todavía
más importante era la circunstancia de que los campesinos
no cosacos y los oficiales de los regimientos de Infantería
dijeran cada vez con más frecuencia, dirigiéndose
a los cosacos: "También ha de llegarle la hora
a vuestra tierra; demasiado habéis tenido ya el mando."
Tal era la situación en el interior, en las aldeas
cosacas y en buena parte de la guarnición de Petrogrado,
centro de la política. Esto explica la conducta de
los regimientos cosacos en la manifestación de julio.
En el frente, la situación era fundamentalmente distinta.
En el verano de 1917 había en el ejército de
operaciones 162 regimientos polacos y 161 centenas. Arrancados
a sus aldeas, los cosacos del frente habían compartido
con todo el ejército la prueba de la guerra, y, aunque
con un retraso considerable, habían llevado a cabo
la misma evolución que la Infantería; perdida
la fe en la victoria, estaban furiosos contra el desorden
de la dirección, murmuraban de los jefes y sentían
la nostalgia de la, paz y del hogar. Poco a poco, 45 regimientos
y 65 centenas habían sido destinados a servicios de
policía en el frente y en el interior. Los cosacos
volvían a convertirse en gendarmes. Los soldados, los
obreros, los campesinos, murmuraban contra ellos, les recordaban
el papel de verdugos que habían desempeñado
en 1905. Muchos cosacos que empezaban a sentirse orgullosos
de su conducta en febrero, sentían remordimientos en
el corazón. El cosaco empezó a maldecir su látigo,
y más de una vez se negó a llevarlo consigo.
Entre la gente del Don y del Kuban figuraban no pocos desertores:
los viejos cosacos que habían quedado en la aldea les
infundían miedo. En general, las tropas cosacas estuvieron
mucho más tiempo que la Infantería en manos
de los jefes.
Del Don, del Kuban, llegaban al frente noticias de que los
potentados cosacos, junto con los viejos, habían instaurado
su poder sin consultar para nada al cosaco del frente. Esto
hizo que se despertasen los antagonismos sociales latentes:
"Cuando volvamos a casa, ya nos oirán", decían
a menudo los cosacos del frente. El general cosaco Krasnov,
uno de los caudillos de la contrarrevolución en el
Don, ha descrito de modo elocuentísimo el proceso de
descomposición de las sólidas tropas cosacas
en el frente: "Empezaron a celebrarse mítines
en los que se adoptaban las resoluciones más absurdas...
Los cosacos dejaron de almohazar y lavar los caballos y de
darles el pienso con regularidad. Ni siquiera se podía
pensar en hacer ejercicio alguno. Los cosacos se adornaban
con cintas rojas y ya no guardaban el menor respeto a los
oficiales." Sin embargo, antes de llegar definitivamente
a esta situación, el cosaco vaciló durante mucho
tiempo, se rascó la cabeza, anduvo buscando hacia qué
lado volverse. Por esto no era fácil prever en el momento
crítico cuál sería la conducta de tal
o cual regimiento cosaco.
El 8 de agosto, la Junta de las tropas cosacas del Don formó
un bloque con los kadetes para las elecciones a la Constituyente.
La noticia penetró inmediatamente en el ejército.
"Entre los cosacos -dice el oficial de cosacos Yanov-,
el bloque fue acogido con gran hostilidad. El partido de los
kadetes no tenía raíces en el ejército."
En realidad, éste odiaba a los kadetes, a los que identificaba
con todo aquello que oprimía a las masas populares.
"Vuestros viejos os han vendido a los kadetes",
-decían los soldados-. "Ya nos oirán",
objetaban los cosacos. "En el frente suroccidental, las
tropas cosacas adoptaron una resolución especial en
la cual exigían que fuesen excluidos de la organización
cosaca todos aquellos que habían tenido la audacia
de pactar un acuerdo con los kadetes.
Kornílov, que era cosaco, confiaba en la ayuda de los
cosacos, sobre todo de los del Don, y completó con
fuerzas cosacas las tropas destinadas a dar el golpe de Estado.
Pero los cosacos no acudieron en auxilio del "hijo de
campesinos". Estaban dispuestos a defender furiosamente
sus tierras, pero no tenían ningún deseo de
intervenir en una contienda ajena. El tercer cuerpo de caballería
tampoco justificó las esperanzas que se habían
cifrado en él. Los cosacos no veían con simpatía
la fraternización con los alemanes, pero en el frente
de Petrogrado recibieron de buen grado a los soldados y marinos:
esta fraternización hizo que fracasase el plan de Kornílov
sin derramamiento de sangre. Así fue como se hundió
el último punto de apoyo de la vieja Rusia.
En aquella misma época, mucho más allá
de las fronteras del país, en el territorio de Francia,
se llevaba a cabo el experimento, por decirlo así,
de laboratorio, de una "resurrección" de
las tropas rusas fuera del alcance de los bolcheviques, experimento
que aún resultaba más convincente por esa misma
razón. En el verano y otoño apareció
en la prensa rusa la noticia, que, arrastrada por el torbellino
de los acontecimientos, pasó casi inadvertida, de que
habían surgido motines entre las tropas rusas que se
hallaban en Francia. Los soldados de las dos brigadas rusas
que se encontraban en Francia, ya en enero de 1917 -y, por
tanto, antes de la revolución-, según las palabras
del oficial Lisovski, "estaban firmemente convencidos,
y así lo decían abiertamente, de que se les
había vendido a los franceses a cambio de obuses".
Los soldados no andaban muy equivocados. No sentían
"la menor simpatía" por los aliados, ni la
menor confianza hacia sus oficiales. La noticia de la revolución
sorprendió a las brigadas de exportación, políticamente
preparadas hasta cierto punto, pero, sin embargo, desprevenidas.
No cabía esperar que los oficiales les explicaran el
carácter de la revolución: el oficial se mostraba
tanto más desconcertado cuanto más elevada era
su graduación. Aparecieron en los campamentos delegados
patriotas surgidos de entre los emigrantes. "Observé
más de una vez -dice Lisovski- cómo algunos
diplomáticos-oficiales de los regimientos de la Guardia...
ofrecían solícitamente asiento a los ex emigrantes."
En los regimientos surgieron instituciones electivas, con
la particularidad de que empezó rápidamente
a distinguirse al frente del Comité un soldado letón.
Por consiguiente, aquí también apareció
un elemento que no era ruso. El primer regimiento, formando
en Moscú y compuesto casi enteramente de obreros, dependientes
y empleados -es decir, de elementos proletarios y semiproletarios-,
había llegado a tierras de Francia un año antes,
y en lo que duró el invierno se batió bien en
los campos de Champaña. Pero "la enfermedad de
la descomposición atacó en primer lugar a ese
regimiento". El segundo, compuesto casi íntegramente
de campesinos siberianos, parecía más seguro.
Pero poco después de la revolución de Febrero,
se insubordinó la primera brigada. No quería
batirse por Alsacia ni por Lorena. No quería morir
por la hermosa Francia. Quería ver si podía
vivir en la nueva Rusia. La brigada fue trasladada al interior,
al centro mismo de Francia, al campamento de La Courtine.
"Entre las tranquilas poblaciones burguesas -cuenta Lisovski-
se había establecido, en un inmenso campamento, la
vida particular, extraordinaria, de cerca de diez mil soldados
rusos insubordinados que no contaban con oficiales ni tenían
el menor deseo de subordinarse a nadie." A Kornílov
se te ofrecía una ocasión excepcional para aplicar
sus métodos de saneamiento con ayuda de Poincaré
y Ribot, que tan ardiente simpatía sentían por
él. El generalísimo en jefe ordenó por
telégrafo que se sometiera a los soldados de La Courtine
y se los mandara a Salónica. Pero los amotinados no
se rendían. El primero de septiembre llegó la
artillería pesada, y en el interior del campamento
se fijaron carteles con el amenazador telegrama de Kornílov.
Pero en esto resultó que vino a introducirse en el
desarrollo de los acontecimientos una nueva complicación:
los periódicos franceses publicaron la noticia de que
el propio Kornílov había sido declarado traidor
y contrarrevolucionario. Los soldados decidieron resueltamente
que no tenían ningún motivo para ir a morir
en Salónica, y menos aún por orden de un general
traidor. Los obreros y campesinos vendidos a cambio de obuses
decidieron defender sus derechos. Negáronse a hablar
con nadie de fuera; ni un solo soldado salió del campamento.
La segunda brigada rusa fue puesta en movimiento contra la
primera. La Artillería ocupó posiciones en los
cerros inmediatos; la Infantería, según todas
las reglas de la ingeniería castrense, cavó
trincheras cerca de La Courtine. Los alrededores fueron cercados
por tiradores alpinos, con objeto de que ni un solo francés
penetrara en el teatro de la guerra de las dos brigadas rusas.
Así fue como las autoridades de Francia dieron en su
territorio una representación de la guerra civil rusa,
rodeándola solícitamente de una estacada de
bayonetas. Se trataba de un ensayo. Más adelante, la
diligente Francia organizará la guerra civil en el
territorio de la propia Rusia, rodeándola con las alambradas
del bloqueo.
"Empezó a abrirse el fuego de un modo regular
y metódico contra el campamento." Salieron de
éste algunos centenares de soldados dispuestos a rendirse.
Aceptóseles su sumisión e inmediatamente se
reanudó el fuego de artillería. Así pasaron
cuatro días. Los soldados iban rindiéndose parcialmente.
El 6 de septiembre no quedaban arriba de doscientos hombres,
decididos a no dejarse coger vivos. Al frente de ellos se
encontraba el ucraniano Globa, un fanático baptista:
en Rusia le hubieran llamado bolchevique. Empezó un
verdadero asalto, protegido por el fuego de los cañones,
de las ametralladoras y de los fusiles. Al fin, los revoltosos
fueron aplastados. Nadie ha podido precisar el número
de víctimas. El orden, en fin de cuentas, fue restaurado.
Pero ya al cabo de unas pocas semanas, la segunda brigada,
la que había achicharrado precisamente a la primera,
pareció atacada por la misma enfermedad...
Los soldados rusos habían traído el terrible
contagio, a través del mar, en sus mochilas de campaña,
en los pliegues de sus capotes, en los recovecos de su espíritu.
El dramático episodio de La Courtine es notable por
la circunstancia de que puede ser considerado como la realización,
diríase consciente, en la campana neumática,
como si dijéramos, de un experimento ideal para el
estudio de los procesos internos en el ejército ruso,
preparados por todo el pasado del país.
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